Palabras para despedir a mi papá.


El Tao que puede decirse no es el Tao en verdad… dice el Tao Te Ching. Lo que se dice, no es lo que es. La palabra es un artificio y jamás dirá lo que las cosas realmente representan. Un par de horas antes de la ceremonia de despedida de mi papá, Guillo, escribí las palabras que están abajo para la misa que le ofrecieron en la catedral de Villa de Leyva… la belleza de mi papá no se puede decir acá… su obra es preciosa… como sus manos, que me hicieron nudos con la literatura, con el cine, con la música, con la arquitectura, con la pintura, con el diseño de las flores, con las estrellas, con el color del aire, con las formas de la montaña, con la Luna, su Luna… con lo sagrado, con lo profano… con el humor negro, con el humor agudo, con los dardos venenosos e inofensivos… con ponerse en los zapatos del otro, con la compasión, con el asco a la política, a la injusticia… imposible andar con el 20 metros, aún cuando ya no andaba, sin parar 100 veces, a ver una hormiga, un asta de pasto saliendo de un andén, un brillo, la mirada de alguien… mi viejo fue un hombre bueno que padeció 14 años una enfermedad que nos probó todos los abismos como familia (rodeada de amigos para atenderlo), como individuos. Un hombre tan bueno que todos los males querían conocerlo. Lo probamos todo para que se curara y el milagro eran los intentos, y los cruces de caminos. Los últimos cuatro los más difíciles. Esta es una especie de crónica en tono de descarga de una sola partecita del cielo y del infierno que vivimos con su dolor en los últimos meses. El dolor que se escribe no es el dolor en verdad. Las palabras estuvieron flanqueadas por dos canciones de Velandia, adoradas por mi viejo. Antes de ser dichas La Montaña, y al final Calavero.
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Villa de Leyva, Agosto 16 de 2011.

La abuelita Empera, que nos ha sonreído todos estos días desde la muerte, su patria, decía contando de la mañana en que amaneció viuda por primera vez que “si a uno le durara esta dolor largo rato, 2 horas diga usted, yo creo que moriría”. La abuelita que conoció el dolor de tantas maneras menos mal no estuvo para ver los dolores que padeció mi papá. 

Cristo, rey de esta iglesia y símbolo obligado para el mundo del dolor, padeció 3 días. Él sabía que se iba. Se sometía a morir bajo su consentimiento, siendo un hombre. Pero fueron sólo tres días.

“¡Ahhhhhhhhhhhhh!” se oye un grito en el cuarto. Mamá como todas las noches ya está en pánico en el corredor. Es Guillo desde su cuarto, gritando, maldiciendo, como un torturado al que le obligan a decir todo lo que no quiere. Pasan 2 minutos de paz. “Ahhhhhhhhhhhhh!”: sus gritos, para no imitarlos y asustarlos, eran una mezcla del dolor de toda África, con el de algún león herido, que terminaba a veces agudamente con ese sabor horrible que es la aparición de la locura.

Mi papi, como una tortuga boca arriba, sin poder moverse, batalló por meses, y más intensamente en las últimas semanas, porque el último resquicio de dignidad total que le quedaba, su pensamiento, no se desvaneciera en los hervideros de la locura. Otros dos minutos, un nuevo grito. 

Hay que moverle las piernas, dejarlo en una nueva posición. Van 3 minutos, ya no  aguanta, otro maldecir, otra nueva posición, otros tres minutos. Édgar un masaje en las piernas que viene el ataque. Mientras Édgar le mueve las piernas, Santi lo va masajeando. El dolor en los ojos de mi papá aumentando como siempre. Porque venía el ataque. Tía Lu alcanza el oxígeno, Mamá ya está trayendo aguas especiales, masajeándole los dedos como nos enseñó ese médico, y como nos dijo ese brujo, como nos sugirió el cirujano, como recomendó la vecina, como dijo el quiropráctico, como sugirió el homeópata, como nos mandó razón la psicóloga. Ya viene el Mono a decirle “tranquilo” sin decirlo, pongámoslo en la sábana de manejo, qué hacemos para que el calambre no se vuelva ataque. Martín se prepara, se prepara Camilo, Gala con el anticonvulsivo, Mona y Juan que se alisten para traer no sé qué cosa, Margarita que si le regala una sonrisa, Yoli que cuál es el chiste del día, que ya estamos reventando. Y Ramiro ¿Será que puede dar una mano?

Porque cuando se volvía ataque era como si le conectaran mil voltios a su cuerpo. A veces, como la última, hasta por 4 horas, y otras dos de gritos que venían de quién sabe dónde, como agonías de rabia, de impotencia. Los ataques eran atómicos. Su ánimo quedaba un par de días por el piso, y luego la baja de ánimo daba de nuevo paso al pánico, a la horrible espera del siguiente ataque. 

Durmámoslo, durmámoslo como un elefantico inmenso, probemos las gotas estas, los venenos psiquiátricos, la manzanilla, la manzana, la lechuga debajo de la almohada. Esta noche probemos alcanfor, volvamos a los sedantes, las nuevas pastas sólo de dan 2 horas de sueño… cuánto lleva sin dormir Fab… lo mismo que sin ir al baño, me dice, 6 días. “Papá… tranquilo que con estas gotas durmieron un elefante… sólo con 3”… se las toma, pero mejor 10 como dijo el psiquiatra, o 20, o cómo hacemos con tu mente tan inquieta, Guillo, tan poderosa. Esto no es una noche, pero jalemos el carro que somos hijos de dios… quién le lee… Guillo lector voraz desde niño, imposibilitado para leer por su pulso, por su angustia… que lea el Mono que sólo la lectura lo hipnotiza. Su Borges, su Vallejo pintando los días grises de azul, La vorágine, ese dectective, José, sus hermanos y Thomas Mann… a qué letras le pediremos paz esta noche si no hay sustancia que valga… si no hay película que te duerma, ni infomercial somnífero… pero pareces adormilado y sin embargo corriges la palabra mal dicha, desde tu cama, el acento mal impuesto… subrayas la belleza que no dejaste de contemplar aún con la deformación del dolor…  

Llanto, desgano, torturas. Ahora ya no puede coger el lápiz. Qué falta. Ni pintar, ni escribir, ni llenar inútiles crucigramas. Cómo lo doblamos ahora que no dobla las piernas para ir al baño. Estamos en “pits”, con 6 rodeándolo para prevenir el taque. Ya no puede coger  los cubiertos. Ya las palabras, ese hermoso juguete que nos regalaste, no te responden. Se enredan como en uno de esos crucigramas sin salida. Miseria de vida. Gritos de dolor todo el día. Obligado a maldecir. Obligado. Y la locura, no querías la locura, y allá sólo llegaste por minutos, porque tu fuerza inmensa y nuestro amor nos permitía tirarte una cuerda a los infiernos y traerte de vuelta. O una inyección para dormir Leones. No duerme. Grita. No dormimos, oímos, tememos. No una noche. No dos. Decenas, de decenas, de decenas de noches. Algunos de ustedes fueron testigos amorosos de este dolor inmenso, de esta incomodidad tan horrible, de esta pesadilla de noche y de día. Ustedes que tenían la ventaja de venir a verlo cada tanto, y luego, hacían algo que él no podía ni soñar, levantarse de su silla, limpiarse las lágrimas, caminar hacia el carro, manejar hasta su casa, y seguir su vida… como sigue la de todos. Mi papi ni las lágrimas podía limpiarse sólo… lo que nos obligaba a la delicia de acompañarlo, siempre.

De dónde sacábamos fuerza para no maldecirla nosotros si nos dábamos cuenta de que la vida le rompía el corazón y los ojos. Esos ojos, esos ojitos verdes, puros, ventanas a la ingenuidad, a los milenios, a la inocencia. Esos ojitos cada día más apaleados, más resentidos, más tristes: esos ojitos de lo que fuiste, mi Guillo, nuestro niño. Nuestro niño herido. Nuestro primer hijo y el último de tu esposa. Nuestro niño herido, nuestro niño con el corazón pateado, traicionado. Nuestro niño de corazón bueno que se lo querían volver malo… y no pudieron. Esos ojitos, mi niño, tan ausentes, tan adormilados de no dormir, tan atontados a fuerza de dolor y de medicamentos. Mi amor, mi niño herido.

A mi papi lo arrastraba la vida y a nosotros nos parecía que iba volando. Un ejército de familia (el núcleo y un par de cercanos) y de familia elegida: los amigos ahora hermanos, lo cuidamos como si cuidáramos un Emperador. Con la dignidad que su vida merecía. Mi papá sólo pidió jamás pasar indignidad, y las pasó todas. Pero cada servicio que le prestábamos, por escatológico que fuera, en realidad fue un honor inmenso. Jamás recibió un maltrato de nuestra parte, y jamás, mientras tuvo completa su razón, recibimos insultos en su recuperación.

Sólo fuerza y amor. Sólo fuerza y amor. ¿Cómo les explico el tamaño de nuestra pesadilla? La indicada sería mi hermosa mamá, Fab, la flor de roble. Que no estuvo algunas noches, ni casi todas noches, sino siempre. Sino todas las noches, arrullando ese elefante asustado y amedrentado por la vida, y por la enfermedad. Sólo ella sabe el tamaño de su infierno, y hasta de repente también como nosotros se confunde, porque de toda esa miseria, de todo ese dolor inconmensurable, de toda esa amargura, de toda esa rabia, empiezan a quedar solamente los ecos de la risa. Porque para tranquilidad de todos, mi papá, mi Guillo, murió sonriendo, y haciéndonos sonreír, a los 14 que lo acompañábamos a irse y que formábamos su ejército de recuperación. 

Hace unas 4 semanas la vida, esa hermosa y bruta loca, trajo a nuestra vida a un gran doctor, y a dos personajes muy raros. Vinieron a conocerlo y a darnos nuevas instrucciones y, sin quererlo, como tantos, a jugar con la ilusión del milagro… la esperanza nos la pisotearon tantas veces. Así que nos pusimos en sus manos. Esa noche sin embargo tuvo mi papá la peor convulsión de su vida, espantosa, 4 horas de martirio, y un día de recuperación. Un día muy particular. Cuando los gritos pasaban de las 4 horas, y lo rodeábamos en inútiles masajes (pero amorosos), pues ya habíamos tenido la escena dantesca de un ataque terrible, en la última estancia en la clínica en Bogotá, donde hicieron exactamente lo mismo, pero con un poco menos de amor. No había nada, sino que esperar, a que a la vida le diera la gana de desconectar los cables del martirio, y terminara de nuevo el ataque. Guillo se iba. El espanto aumentó cuando quedó haciendo gritos horribles, como por tic, por dos horas. Mi mamá decidió llamar un cura a las 5 de la mañana, y así empezó nuestro primer velorio del que por fortuna, el muerto, Guillo, salió vivo e ileso. Les cuento un poco. 

El padre entró elegantísimo por la puerta con una sotana. Guillo que apenas podía volver a coordinar las palabras por el ataque, distraído por la hermosa sotana preguntó en voz alta al verlo: “¿qué hace aquí esa vieja?”. Pasémoslo entre los 4 a la silla de ruedas. A la cuenta de tres: unodostres. Se jodió la sábana de manejo. Ya vienen los tipos raros que conocimos y ella tuvo una revelación: Guillo se muere hoy veintitantos de Julio, así que nos reunimos todos a llorarlo. A despedirlo. Unos 15 estábamos con él. Mi Papi, mi niño herido jugando a la muerte, y convencido por la debilidad en que lo había dejado el ataque se dejaba tratar de morir de la señora que decía con su acento argentino que “sha sentí el frío de la muerte”. El esposo de la argentina que era un hombre noble acostumbrado a callar cuando la mujer decía, como una pequeña marioneta y su péndulo vigilaba el inicio del viaje de mi viejo desde atrás de la cama… callaba por orden de la mujer, y escuchaba junto a nosotros una grabación en voz argentina que ella nos ponía a todos desde su celular: “tu misión en la vida ha terminado… nosequénosequénosequé”, una y otra vez al tiempo que yo le pedía a Martín que pusiera la canción de mi amigo, que se acababa y el Guillo no se decidía a morir. Hacía fuerza como niño que entra al baño y abría sus ojitos confundidos para decir “oigan, yo así como que no me muero…”, y la argentina volvía a decir que ahora sí, que “sha”, que se estaba “shendo”, y él otra vez apretaba los ojitos y hacía fuerza para morirse, y no podía, y nosotros, generosos, lavados en llanto le decíamos que arrancara tranquilo, que estábamos listos, y otra vez cerraba los ojitos y cuando parecía que se había ido, un ronquido nos confirmaba que había vuelto del otro mundo, y el mismo ronquido lo despertaba, como siempre y decía a la señora que le ayudaría  a morir con sus espíritus “pero cuál es la ayuda porque así no nos va a funcionar la joda”. Mono no se quiere despedir. Llegó la tía Lu y el llanto crece. Se va Guillo. “Adiós Guillermo…” se acerca mi hermano Martín a decirle, y Guillo abre los ojitos y le dice “Luego para dónde se va…”, todos soltamos la risa, hasta el del péndulo, y Martín le dice con su acento paisa “no pues por lo que tu arrancas…”; mi papá respondió “eso no coja a despedirse que falta como media hora”.  Soltamos la risa. Como al almuerzo cuando mi papi, ya con las palabras enredaditas por el ataque, nos dejaba en suspenso a veces docenas de segundos… “quiero… … … eh… … …”, Martín había soltado otra perla al completarle frente a su ajiaco “¿una alcaparra?”, “no”, respondió mi papá, “quiero morirme”. Pues de nuevo, ni alcaparra ni taluego, sigamos haciendo fuerza que este vivo se muere. Fuerza. Y a Mona… quién llama a Mona para que se venga de Perú… Papi, regálame unas palabras específicamente para tu Monita, a ver si el llanto no me las borra… Ponga Martín otra vez la canción, repítala mi hermano que en esta repetición si se muere. Esa es la canción para que el espíritu se eleve. Repítala de nuevo que se volvió a acabar. Fuerza. Fuerza. Fuerza. Santi hermanito, todavía le suena el corazón, ¿cierto? Parece que sí. Se está yendo. Se muere, pero va a decir algo, unas útlimas palabras… “Quiero ir al baño”. La mística se rompió con la emergencia intestinal, que luego mi hermano Velandia supo poner en una canción del primer velorio de Guillo, cuando no murió. Terminaba diciendo “el corazón es grande, y el intestino grueso”. Ante el anuncio que acaba el momento, Yolandita que lloraba a mares en su pecho, y luego de pie, salió incrédula y le dijo sin hablar al Mono, sólo apretando los labios y sacudiendo la cabeza en silencio “ese no se muere”. Pero para la argentina en cambio la ida al baño era un símbolo de “se ejtá desapegando… ejtá soltando, ejtá soltando…”. Y sí. Soltó la carcajada por dos días seguidos acordándose de su esfuerzo por morirse con tanta fuerza que casi se rompe una tripa. 

Del lecho de vivo lo llevamos al baño entre 4 o 5, como siempre, su miradita digna de cuando lo llevábamos sabiendo que él se odiaba por haber llegado a ese estado, pero que lo vivía como el hermoso árbol que es y sabiendo que lo tocábamos, mirábamos y acompañábamos con la dignidad total de nuestra alma, para tratar de hacerle compañía, juntos todos, a la inmensidad de la suya… en el baño se quedó solo con mi mami después del siempre aparatoso aterrizaje en el trono. Se quedaron en su intimidad hermosa. Según contó mi mami mi papá dijo que ya no tenía ganas de hacer nada, en el baño, y textualmente “eso está jodido irme así… así no me voy a morir hoy”, y ella con su amor eterno, por primera vez después de ese curso de sufrimiento de 14 años le dijo con risa “aprovecha Guillo para irte hoy que estoy en ganga, porque luego vuelvo a no dejarte…”. 

Ese episodio que hubiera sido traumático para cualquier familia, y humillante, y sobre todo para él, nos dejó sumidos en la risa. Casi siempre la hubo. De la risa hacía mi papá puentes entre amargura y amargura. No siempre exitosos. Pero la risa estuvo presente hasta 10 segundos antes de que la bendición de la muerte lo cubriera: Bendita muerte. La bendigo mil veces por el descanso de este mártir, castigado sin razón. Llegó bendita y hermosa casi un mes después del simulacro, entre prácticamente los mismos 15 pares de manos que seguíamos haciendo fuerza por el milagro, y por su descanso. Aunque las noches anteriores fueron un espanto de gritos y de negrura, y de medicina para locos, para dormirlo, la muerte lo encontró en plena conciencia, mandándonos sonrisas y dartidos de sabiduría a todos, de lo que había aprendido en el curso de su dolor… lo instalamos en una camita junto a la fogata mientras el atardecer nos acariciaba, y las nubes hacían formas proféticas. Haber vivido la muerte de mi Guillo, fue un honor. Me sentí un verdadero prójimo cuando el alivio de su alma llegó a mi corazón, como al de todos los que estábamos, y a algunos, vimos hermosas chispas en el aire, y al espíritu corriendo feliz de su cárcel de dolor por la ventana… a ser él en espíritu, o a unirse con todo, quién sabe, y desvanecerse como quien baja el volumen de la música… música como la que hubo siempre, pues preparamos listas de canciones para los días finales, para cuando llegara el momento… y se fue, se escapó para siempre, mientras sonaba el Adiós Nonino que Piazzolla le escribió a su padre al morir, y se había dormido unos instantes antes oyendo La montaña, de Velandia…

Pero diez minutos antes de que la respiración parara, en los últimos minutos de conciencia, cantaba con su voz sosteniéndose del último hilo, de la última cuerda vocal, y en coro con nosotros: Vencidos, poema de León Felipe que Serrat volvió canción, en la que un hombre “cargado de amargura”, le pide al Quijote que ya va en retirada que se lo lleve con él… “de retorno a su lugar”. A la muerte, amigos. La muerte que es la pradera desde donde todo se entiende, como me lo confirmó la sonrisa de la abuela, en estos días. 

No estamos resentidos con la vida, ni con Dios. Para nada. Si algo nos enseñó la enfermedad es que la vida es azarosa y que Dios, ni el suyo, ni el mío, no es un viejo lleno de manos con azotes para castigarnos: es la energía que todo lo toca. El Ser total. Dios no es un sádico, pero para todos los decepcionados de Dios, el de ustedes, el de mayúsculas, les digo que tampoco es un milagrero. Dios no es paleativo de mendigos. No está ahí para hacer la magia que se nos ocurra. Muchos de ustedes que creen que Dios todo lo sabe, ¿creen que él permitiría la hambruna en África?, ¿Creen que él permitiría que maten a dos niñitas en el barrio Kennedy?.. Dios que es el único que dice, según muchos, cómo uno muere, ¿mató entonces a esos 69 en Noruega en 79 minutos?, le puso tos tumores a ese niño de 4 años que murió hace mes y tanto, sobrino de Ramiro y Yolanda. No. Dios no es enfermedad ni venganza. Dios, a quien yo llamo Todo, o Vida, es una hermosura que lo recorre todo. Hasta la muerte. Porque la muerte no es un castigo, ni una enemiga de la vida: además ni la vida ni la muerte tienen moral. La muerte es una hermosura, de la que somos testigos todos, y en donde se puede recoger cariño de muchos por un ser extraordinario, generoso y hermoso que jamás mereció ni un pellizco, pero que se sometió a todo ese dolor para conectar almas que hubiera sido imposible conectar y conocer de otra manera. Su enfermedad fue un camino para muchos. Pero dejen a Dios en paz, los que andan sufriendo, que las pestes del hombre se las inventó el hombre… o cuándo han visto un perrito, o una vaca con tumores… con estas enfermedades… sólo los animales que conviven con el hombre han empezado heredar sus cánceres, sus males. La Vida es una hermosura de fuerza que nos habita hasta en la muerte. No perdemos nada porque como dice el Tao, “el que nada aferra, nada pierde” y nosotros celebramos con todo el dolor del alma, la libertad de mi Guillo. También dice el Tao que uno sólo padece por tener un cuerpo… “si no tuviera un cuerpo qué males podría padecer”. También dice que los opuestos no se contraponen, se complementan, y que el vacío, ese al que tanto todos le temen, ese vacío de la vida, y el vacío de la muerte, no es para llenarlo… sino para disfrutarlo… dice ese libro hermoso que 30 radios convergen en una rueda, pero es el vacío del centro el que la deja ser rueda, que una vasija es barro pero que nos servimos en su vacío, que una casa son paredes que se rompen para hacer puertas y ventanas pero habitamos el vacío, lo que no es muro. Y así, este vacío de la muerte es un centro delicioso por el que ojalá la vida nos deje pasar con conciencia. Es un paso divino al que no hay que temer, porque no se contrapone a la vida, porque la complementa, le da sentido.  Nosotros estamos empeñados en verla como enemiga, pero es una hermosura de visitadora, cuando llega sin violencia, cuando llega con risa, cuando llega con conciencia, con amor, con manos amigas. 

La muerte  es una delicia. Es hembra macho hermosa. Es el descanso. Ya no más jeringas, ni ribotril, ni clorazepam, ni diazepam, ni olanzapina, ni dormicoon, ni estire las piernas, ni respire profundo, ni resorte, ni saque el pecho, ni “este pié aquí”, ni tensión, ni epamin, ni enemas, ni chuzadas, ni infiltradas, ni anticonvusivos, ni topiramato, ni topamac, ni sertralina, ni zonta, ni goticas de nada, ni magias de nada, ni resonancias, ni tags, ni bisturíes, ni fisio, ni pesadillas horribles por la morfina, ni amargura en los ojos, ni gotas para la amargura en los ojos: ni oxígeno siquiera. Sólo descanso, sólo entendimiento total. Dios regocijándose de que la energía hermosa de mi viejo, se una al todo, como se unió a los que lo acompañamos a irse, en la luminosidad de ese atardecer en sus ojos verdes, por primera vez después de mucho tiempo sonrientes, tranquilos, lúcidos, porque sabía que se iba… saboreando el sabor total de la muerte.

Dios (La Vida) no es dueño del dolor. Por qué va a serlo uno. Por qué no celebrar que se fue. Si no somos nadie para matar, tampoco somos nadie para obligar a padecer. Que delicia, mi Guillo, como te saliste por la ventana de tus ojos, y escapaste con el viento de Agosto hacia el pueblo por la ventana de la casa, a jugar con las cometas, y dejar atrás el lastre material de tu cuerpo. Qué delicia, te amo y te felicito.

Y pienso en todos los otros enfermos del mundo. Y les mando mi amor a sus rincones de miseria, donde no hay quién les limpie el bigote, o la mierda, o los dientes. Donde reciben burlas y vejaciones sin tregua, olvidados por sus familias, amarrados en piezas o en ancianatos. Toda mi compasión, toda nuestra compasión para ellos… y a ustedes decirles que escuchen a sus enfermos. La dignidad de sus enfermos la establecen ellos, los enfermos, mientras puedan. La intensidad de su dolor sólo la conocen ellos. La generosidad de su risa, sólo ellos saben de dónde la sacan. Oigan y respeten a sus enfermos. El compromiso del amor es ser amor, más nada, es ser las manos del que no tiene manos, los pies del que no tiene pies, la cordura del que llegó a la locura, los ojos del ciego, la alegría del herido, del triste, del dolido. La muerte del agónico.

Ustedes que están a tiempo piensen cómo quieren vivir sus enfermedades, porque occidente, porque el sistema de salud está basado en el miedo, para que las mafias farmacéuticas puedan alimentar sus bolsillos con nuestro dolor. Hay mil caminos de curación, y cada casa puede ser un hospital de un sólo paciente. Consientan a sus enfermos que las pastillas sólo están para hacernos adictos a comprar pastillas. Mediten, tóquense. No se crean el mundo.

Ustedes que están a tiempo, hagan como nosotros que dejamos de tratar de que el otro fuera como nosotros quisiéramos, y nos aceptamos con todo lo que tenemos, porque el amor es aceptación, repito, y es en el prójimo, todo lo que le falta al otro. Nuestra familia dejó los juicios atrás… la moral atrás, porque como dijo Lao Tse, sólo un hombre inmoral pregunta por la moral. 

Acéptense. Cualquier día llega a recogerlos un Tsunami, un terremoto, una enfermedad, un meteorito. Estén listos para irse con ellos. Dejen de tratar de hacer de sus hijos una extensión de ustedes que los haga quedar bien en sociedad. Libérense de todas las presiones, del mito de que sólo el trabajo dignifica, cuando en realidad lo único que dignifica es el amor. Es la única escuela. No le crean a sus colegios que el único verdadero objetivo de la vida es la felicidad. Y la amargura es la raíz de todas las enfermedades. Quiéranse, relájense, celébrense. Nosotros ni en los peores momentos paramos de hacerlo. De arruncharnos, de reírnos, de molestar al otro. 

Quiero mencionar especialmente la fuerza de mi madre. Tuvimos hace pocas noches una hermosa reunión con sus 15 ayudantes, en donde me cuento, fue frente al fuego, y fue como un cambio de poder. Hermoso. Aunque mi mami ha gobernado siempre, ahora estaba ahí iluminadita de llamas, recibiendo nuestro amor, que ahora también es todo el que le teníamos a Guillo. Te entregaste hasta el último segundo, desde el primero de amor, no sólo de enfermedad. Eres la fuerza. Eres el alba. Eres la feminidad y la animalidad coordinadas con gracia en la belleza, en la risa, y en la fuerza. Te amamos y mandas, como siempre, pero ahora mucho más que siempre. Somos tus soldaditos, y estamos firmes al lado tuyo, para cuidar tu dolor y tu vida. 

Quiero mencionar a mi Tía Lu, la hermanita incansable, que ni siquiera se cansa de ver morir seres amados. Se va a su lado con la generosidad de siempre, a arriesgar su salud y su cordura, y la vida le regala a cambio tareas hermosas, de enamorar a niños de la vida, como trató de hacerlos con nuestro Guillo. Los niños que tiene sembrando flores en Boavita hasta en la trinchera de la policía, y los viejos que tiene como flores hermosas en una huertica del pueblo. Tía Lu. Eres la fuerza dulce y hermosa. Eres la frescura. Nos tenemos para siempre.

Quiero también que pasen al frente si quieren las siguientes personas: Fab, Tía Lu, Mona, Santi, Juan Alberto, Margarita, Yolanda, Édgar (su amigote íntimo de los meses de martiro, que no está hoy pero está), Mono, Gala, Martín, Maurito, Ramiro, Camilo, Consuelo, Gloria la gran Gloria, César si está, Yenny la súperenfermera y la hermosa y siempre buena Salsa. Si se me queda alguno perdonen. Esta gente, conmigo incluido, tocó a mi papá como un tesorito hermoso, como lo que era, con toda la dignidad y el amor. Pido un aplauso inmenso para este equipo, que fue maravilloso y noble con mi Guillo, que llegue también a Beatricitas, y músculos, y Odilias, y todo aquel que durante estos 14 años mermó su padecer.

A mi Guillo, le digo que sus ojitos hermosos nos los llevamos tatuados. Mi Guillo que fue justo con todos. Cuando buscábamos razones para su dolor, o para la dificultad de desprenderse y arrancar el viaje, tía Lu le preguntaba hace pocos días “Guillo… ¿pero es que usted tiene algún perdón pendiente, algo que no haya solucionado… algo que quiera arreglar, alguien por llamar?”. Se volteó con su miradita ensangrentada de insomnio, con sus ojos de niño herido rotos de tristeza diciéndole a mi tía “No hermana… si sumercé sabe que yo siempre he tratado de hacer el bien”. Mi Guillo. Con sus ojazos vivarachos, con su humor único, con su inteligencia poderosa, poderosísima, aguda, con su sentido de la estética, con su corazón inmenso, con su vozarrón, con su capacidad de cautivar, con el don del agrado, a todo el que conoció, de donde fuera, y como fuera, sólo trató de hacerle el bien. Así haya sido cierto tu descanso, que nadie se atreva a decirnos que lo mejor, así lo fuera, es que te fueras. Que nadie sabe lo huérfana que nos quedó la vida, pero que será para celebrarte… que muchos saben lo que es la orfandad, pero no lo que es ser huérfano de Guillo. El inmenso Guillo. 

Mi Guillo, generoso oso hermoso, león, bebé elefante, dulzurita herida, mi niño. Te damos un aplauso que te impulse al espacio, antes de oír otra de tus canciones. 

R.

(en la foto, Guillo)

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Calavero.

WISHLIST

Quiero: hacer películas kaurismágicas, sonóricas, voltágicas, jean genéticas, melvílicas, doppléricas, rústicas, sofísticas, hipnóticas, despiéritcas, rugíbilas, pantagrúelicas, pantagrámicas, valleinclinadas, hormónicas, salomónicas, vontriéricas, injústicas, acústicas, incáusticas, cuchísticas, evíticas, adánicas, abélicas, caínicas, volcánicas, voltairicas, beckéticas, angústicas, anchóticas, delgádicas, padrónicas, matrómenas, piobarójicas, unamúnicas, buñuelísticas, fassbidelodramáticas, apicharbónicas, warasetaculiadas, pelechiánicas, chavárricas, salingéricas, alérgicas, hipoalergénicas, piercinísiticas, ombligueras, chináskicas, johnfánticas, barbéticas, barbitúricas, barfláyicas, bergmánicas, vergoñosas, alcólicas, alucinadas, tranquílicas, rivotrílicas, sústicas, bazúquicas, sharbónicas, marmájamélicas, dumontañeras, kúbrickas, ospínicas, cósticas, piédricas, alónsicas, faviólicas, eólicas, quijotésquicas, pancísticas, herzóguicas, markéricas, dogmáticas, láxicas, laxánticas, estreñimiénticas, doblécicas, erícicas, verlánguicas, famélicas, mórbidas, obésicas, fláquicas, domésticas, salvájicas, harmónicas, disonánticas, leónicas, mongólicas, erudíticas, ingnoránticas, románticas, odiósicas, mentálicas, babéticas, ronídricas, sanyóryicas, robóticas, matérnicas, huerfánicas, travésticas, yogúricas, miélicas, huévicas, gláuberas, róchicas, quatrovoltísticas, heavenísticas, dylanianas, dylanianas, rimbáuticas, baudeléricas, caicédicas, agnósticas, carismáticas, evangélicas, kiarostémicas, carnélicas, romerianas, nuevasólicas, cuatrocientosgolpísticas, trufóticas, eufóricas, orwellinanas, wellianas, lianas, anas, tarzánicas, bestiálicas, marihuanéricas, numéricas, analógisticas, sonámbulas, funambólicas, gavíricas, perédicas, dardénicas, dardóticas, estrambóticas, estrabísmicas, terremóticas, errantísimas, nomádicas, sedentáricas, sedientas, satisféchicas, grandísimas, diminúticas, amárguicas, dulcísticas, jáncsicas, bastárdicas, agarrandísticas, problemáticas, pacíficas, siquiátricas, caóticas, taóticas, perrunas, felínicas, scólicas, hetóricas, retóricas, poéticas, insípidas, presumídicas, humilláticas, humíldicas, indias, fernándicas, cinematéquicas, lobotómicas, olvídicas, anmésicas, loyalísticas, reales, santísimas, profánicas, ferráricas, escorcésicas, robústicas, desahuciádicas, maillicas, maílsicas, déivicas, al menos una de cada una, por separado, con su respectivos tiempos.

Rubén Mendoza

Y ante todo sinceras. Y jitanjafóricas (yes Mr. Ríos).

Vincent y co.

 

Estuve hoy parado justo donde estuvo Van Gogh pintanto un autoretrato. A la misma distancia, digamos, de donde lo pintó esa persona (Vincent). Pensaría el retrato que él estuvo haciendo una persona con el cabo de un pincel. Pero como no es Dorian, ni es Gray, porque está a full de verdes y otros colores, ese asunto no importa. Importa Vincent. Ese hombre maravilloso que se pegó un tiro. Me he parado frente a varios Vangoghes, por pura suerte. No me ha tocado pagar los viajes. El primero lo vi en Argentina, y lo toqué. De ahí para acá he tocado cuadros en todas partes. Esa cosa tan sacra del arte que lo impide. Cuidan más los cuadros que al Amazonas, que al África entera. Por mi que se pudrieran los cuadros como los árboles, como las ballenas muertas. Esas son obras maestras también, y seguro a nivel microscópico aún más impresionates. Los seres que las pudren… Pero los tocaba por robarme alguito de su presencia. Con cuidadito sí, prácticamente no con una mano, ni con un dedo, sino con un sólo surco de las huellas digitales. “Sólo” con tilde, ya que se la quitaron.

Para aprovechar lo que llevaba en la cabeza fui directo al autorretrato que había visto hace unos años y que quería volver a ver. Con todo el poder del humo encima. Maravilloso hombre. Hombre maravilloso. Hoy estaba cerrado el museo. Sólo abierto para 6 compinches de los que fuimos 5. Allá, querido Vincent, le revisamos la mirada a su autorretrato. Primero yo sólo. Me lo imaginé a sumercé, frente a su lienzo, a la misma distancia que ahora tengo, con una soledad bastante parecida. Pero en otras condiciones. Estaba loquísimo yo. Su mirada me absorbía todito, con sus huracanes de espaldar. El labio de abajo parece sangrarle. Lo miramos con Ronin. El ojo derecho de Van Gogh, de Vincentico, parece estar a punto de soltar una lágrima. Ya saben. Como cuando uno hace una represita de carne con el párpado y el lagrimal, antes de que se desborde la alegría, o la tristeza. Hacer pucheros dicen en la Colombie. Los ojos. Tanto verde en las ojeras. El pelo, tanta desesperación, la extrañísima papada que no acaba de terminarse. Lo miramos con el Ronin y Fernando. Caminé hacia otras partes. Seguía con delicia en la cabeza y tuve que devolverme al rato, llamado a gritos por Vincentico. Con música de un par vagabundos en los audífonos. Me los puse para eso. Escogí dos canciones, una de Bob Dylan, una de Velandia.

Lista Like a rolling stone, del 66 en vivo. Cuando le gritaban “Judas” al Dylan, exjudío ya para esa época. La suelto y la descargo y sé que esos ojos se conectan con los de él y con los míos. Van Gogh es otro vagabundo, otro rolling stone… El fondo se deforma como si se derritiera en pinceladas de él mismo, las pupilas dilatadas, abriendo y cerrando esas pepas negras, las del hombre, y supongo que las mías, y toda su locura desfilando en piojos por su barba, miles de rostros armándose en su cara, el fondo incendiándose de nuevo. Empiezo a ver caras que trae el oleo viejo encima, o serán todos los rostros que no pintó. Los rostros a los que la vida les va a deber algo siempre.

7 minutos que dura la canción nos miramos. Cómplices. Los museos, los afiches, las camisetas. Un hombre que ni tuvo casa propia ahora le hacen casas inmensas, museos; un hombre que no pudo vivir de su obra ahora mantiene a miles, en esos maravillosos monumentos a los saqueos que son los museos. Dicen que sin tanto dolor no hubiera pintado pero a mi me importa cinco. A Raúl Gómez también le dijo el Nóbel que mantuviera su locura para escribir así, como si eso fuera cualquier cosa. Cuando cualquiera de estos habría cambiado toda su obra por la cordura, por la tranquilidad. Me viajé sus botones, sus arrugas, su piel, el material de su ropa; Vincentico: especie de mártir del arte. O márter, acuñemos. Pone la cara por miles de rechazados que jamás sabrán si su obra tiene un valor porque su época estaba eclipsada mirando estrellas nuevas y muertos viejos ignorados el otro día, cuando se hacían los vivos.

Dele a la música a todo taco que el hombre está que parpadea, no me puede aguatar el serio tanto tiempo. Deje Vincentico que ahora nos mirarmos tan intensamente como el otro día en la casa del Negro Navas, como nos miramos en los ojos del Cucho, y de este, y del otro. Deje que empiece El compadre, con todo su voltaje, y a ver si no me miran ponerle los aúdífonos para que se imagine la tierra de donde viene El compadre, por donde pasó cerquita Gauguin que se dice gogán y echó pica en el Canal de Panamá. Con la segunda canción me le despido. Pensando que hubiera sido bueno que supiera de don Lao, y le hubiera bajado al voltaje, y se hubiera consolado con poco. Con lo poquísimo que tuvo usted, que es lo mismo que dejó y que ahora tienen otros, pero que no vale todo lo que no valió en su época, sino cifras insumables. Ceros como pinceladas erráticas y azarosas de impresionistas. Ahí estuvo parado usté, frente a ese mismo lienzo, hace tanto y quién sabe exactamente dónde. Ya sabe por qué brindaríamos. Pero ni pa qué decirle. Sumercé mártir de la resistencia y de una terquedad ciega y casi sorda.

  

Rubén Mendoza                                                                                                       Adiós Enrique Morente, buen viaje.

Cementerrío (un diverti.miento).

Pagrís, ayer. Mañana pues antier.

 

Acuérdeme yo mesmo de no creerme la risa de nadie. Ayer caminábamos con Pablo por el cementerio. Vi la marca de la tumba de Jean Paul. Cuando preguntábale en voz alta (no a Jean Paul, a Pablo Cuartas, que le digo Cuartillas por ser escritor), si el nombre Eugenio existía también en francés apareció como un fantasma la tumba de Ionesco. Ahí lleva años, es una tumba, claro. Lo puede declarar el mismo Pablo. Ionesco se llama Eugene. Absurdo ¿no?. Cuando nombré a Colombia, por un poeta, pasó un niño francesísimo, allí, en el cementerio, con una camiseta que decía “Colombia” en medio de colorinches del trópico. Cuartillas aterrose de la casualidad. Le mediogrité al pequeñé “¡Colombia!”, pero no me determinó. No pude determinar si estaba muerto. Oímos en los audífonos a otro muerto. Al poeta por el que nombré a Colombia. Nos arrancó las lágrimas. No sé a Pablo.

Mi hermano Pablo me lleva al cementerio porque sabe que hace tiempo estoy muerto. Sin risa. Hermano Pablo y yo estábamos cansados. Cada uno cogió la mitad de la misma butaca, casi unidos por los cráneos, contrapuestos, parecíamos un palíndromo. Yo ponía los pies en el piso, y la cabeza en la mitad de la silla. La otra mitad de la silla empezaba con su cabeza y él ponía los pies al otro lado. Un palíndromo de Witkin. A la luz de un sol precioso o al sol de una luz preciosa nos dormimos. Yo quería la eternidad, él una siesta. Se preparaba para cuidar un par de vivos. Nos levantamos. Qué comodidad entre los muertos. Me siento feliz en el silencio de la muerte. Pasaba gente fumando. El tabaco mata, el tabaco es nocivo para la salud. Fuimos a tomar agua de una llave del cementerio. No hay nada como salir de la tumba y refrescarse los huesos. Yo soy de allá, sin duda. Qué delicia. Qué tranquilidad, qué sueño. Cuántos milenios pasaron desde Cadaqués.

Ningún muerto de los que teníamos al lado llamó a nada. La siesta me la interrumpieron los vivos. Cementerio atrás, casa adeltante. Me becaron para escribir y yo me quiero graduar de muerto. Acá la llevo siempre, en el costillaje, entre pecho y espalda, a mi faraona, y a la pelona, me digo. Niño Jattin, parece que le copié el remate, pero… no estoy loco de remate. La locura no espanta el tedio ni lo cura. Pero lo que usted diga. Le saludo amablemente. Me llamo como no me bautizaron en la canción del hermano. Me llamo Errancia. Erre rancia. Erranterremotoerrante.

 

(esta es la morada final de doña Vicenta, hermosote ser de la montaña. Antecitos de ser habitada)


 

Rubén Mendoza

(Source: lsd_s.com)

de acuerdo

Rubén,

Escuché la entrevista y créame que el “periodista”  ese que nisiquiera saber expresarse, ni escuchar, ni entrevistar y tiene un programa de cine sin saber de cine,  hizo el oso…que crítica tan pendeja pero sus respuestas - aunque interrumpidas- estuvieron a la altura.

Anonymous asked: Yo no sé si te acordás de mí, pero ya vi tu película. En general me gustó mucho, aunque hay cosas que percibo como un posible capricho del director (o sea de vos).

Bueno,sólo era un saludo para desearte mucha suerte en tu beca y en esos guiones que planeas escribir.
Susana, de la Universidad de Medellín. Chau.

Su

Soy un caprichoso, puede ser. Me iré puliendo.

Abrazo.

R.

UNA GIORNATA PARTICOLARE (encuentro con Víctor Gaviria, lejos del tercer mundo)

(sobre un encuentro que puede no interesarle a nadie)

Biarritz, Fr.

Salí corriendo esta mañana del hotel. La proyección de LSD.S era a las 1230 y eran las 1235 cuando me llamó Annouchka, una especie de madre resignada, que ha seguido esta película desde que fue gestada. Ella la presentaría y “conociéndote”, como me dijo, prefirió llamarme un par de horas antes. Pero yo pensé que eran muchos pares de horas, así que me relajé.

Cuando empecé a correr me di cuenta de que no sabía para dónde correr, pero igual corría. Escogí camino y elegí mal; volvió a llamar ella, a quien le pregunté el nombre del teatro para poder preguntar, era pal otro lado. El guayabo se me escurría por los poros, y pensaba “cuándo acabará esta corredera”. Llegué. La sala de 1400 personas, que había estado llena hace dos días para la película, me recibía con focos que no me dejaron ver qué tan vacía estaba hoy. Pero bastante. Habría unas 400 personas por mucho, en este sábado de resacas. Les reconocí que me perdí, como siempre, dediqué la energía de la proyección a la Faraona, como siempre, sin dar señas, y la proyección en sí misma a Annouchka, que me quiere como a un hijo bobo, como le dije al público, y quien sostenía el micrófono y se resistía a traducir las flores. Corte.

Fui a bañarme. A tonteriar mientras pasaba la película. Tampoco tenía muchas ganas de estar al final. Siento, como le dije al público en la presentación, que la película que fue tan premiada previamente y ahora recibe tantos rechazos, ha tenido la vida del ñero. Y me alegra probar todas esas fuerzas. Salí del hotel porque Annouchka había organizado un recorrido por unas playas cercanas, acá mesmo, en País Vasco, en Biarritz. Teníamos que recoger al otro invitado. Llegamos a la sala justo cuando acababa LSD.S, yo me escondí. Algunos extraños me encotnraron y compartí par palabras. Pero de la sala salió alguien que no vi en la mañana. El maestro Víctor Gaviria. Maestro de verdad. Porque uno puede decir de muy pocos colombianos eso, en el cine. Para mí Luis Ospina y él. Velandia insiste que como obra él, Gaviria. El único, el idomable. No me vio, no hablamos. Fue a presentar su Vendedora de rosas. Yo compré un sánduche y una botella de agua con gas. Y bajé por esa calle hacia su teatro, en medio de fanfarrias que no comprendía, y de una extraña tranquilidad que me abrigaba; por no estar explicando nada, creo.

Víctor salió de presentar su película sin verla.  Era el otro invitado al paseo. En cuanto me vio parecía que había encontrado un hermanito perdido. Me abrazó sin pudores y me agradeció la película. Yo quedé frío. Recordé el miedo escénico que me producen los maestros, el recato con el que trabajaba cuando empecé a trabajar con Luis Ospina, la sensación de exposición que me cubría de saber que los ojos del maestro, de Gaviria, ya habían pasado por LSD.S, y que empezaba un diálogo elegante. “Pura poesía y puro poder” fue lo primero que me dijo. También que no alcanzaba a imaginarme lo revolucionaria que era esta película, y él sin sospechar la revolución que me causaba por allá, corazón adentro con sus palabras. “Me gusta todo”, insistía. Me dijo que auqellos que la habían llamado “uno de los escasos clásicos” de acá, de la Colombie, tenían toda la razón; me dijo que guardara el secreto y que contara que era para guardar cuando lo divulgara , que hoy era “un día muy especial para mi”, para él. Él lo dijo. Así tradujeron el título de la película de Scola, que también tiene títulos negros con fondo blanco “Un día muy especial”. Me empezó a enumerar textos, a proponerme la publicación del guión, me recordó escenas y diálogos, y a mi se me encharcaban los ojos de pensar que un hombre que lo hizo soñar a uno con sus películas, y con su forma de hacer, estuviera diciendo lo que le sucedió con la mía. Sus películas, sus guerras, su poesía. Pensé en los poquísimos hombros que tenemos para apoyarnos los hombres de cine de Colombita, la tarada, y lo que agradecía saber que éramos cómplices, que guardábamos secretos entre los barrancos que separan las generaciones. Nos abrazábamos con intensidad, celebrando la vida, como lo ha hecho él con su cine, como yo quiero hacerlo con el mío. Mi día y mi vida iban perdiendo pesadez. En el carro en que nos llevaba una pareja mayor, los rayos del sol me daban justo en el mango, en el corazón y sentí una tibieza extraña. Estar oyendo al maestro. Estarlo oyendo decir que la película lo había “tirado de la silla”, que era humana, etcétera. Todas las cosas que uno ya no ve y que sin embargo han sido los verdaderos vínculos con su obra. Su obra que es de verdad maestra, que habla, que acaricia, que enseña.

Le dije que Velandia se iba a poner feliz con sus comentarios, no sólo porque le gustó la música, sino porque Velandia fue o es un cinéfilo furibundo, un cineasta grande, aún, un cineclubista que exasperaba con sus citas de Bresson, y un artista sin conseciones. Velandia dice que el único maestro es Gaviria, de acá, contando su obra como conjunto. Ama Los niños de Campo Valdés, Los músicos, sabe del maestro y yo también sé que alguna vez puso música a uno de los poemas de don Víctor a quien se le escurrían las lágrimas oyéndolo. Tengo ambas versiones.

Pasábamos por pueblitos Vascos. Entrábamos a las iglesias. La luz poderosa y sin nada que fumar que nos contentara aún más, nos íbamos regalando puchitos de palabras. Yo le dejaba alguna madeja para que jugara y él en cambio las ordenaba en historias y me hacía cagar de risa. Como cuando fue asesor del corto de unas monjas, que rezaban antes de cada plano, y él les decía mientras combinaba su aire con algún menjurje profano, que se sentía filmando en el cielo, con todas ellas, y que sus bendiciones se las perdía en cada vicio, y que les contaba que la devoción de ellas por dios era lo que él sentía por el cine. Y así. Caminábamos abrazados, compartiendo el peso de la lucha, de mantenerse, de resistirse. Invocábamos a Luis Ospina y me decía que se imaginaba cómo nos tirábamos la pelota de letras pues a ambos, a don Luis y a mi, nos encanta jugar con las palabras, sin que supiera el maestro cómo la presencia de don Luis me paraliza. La presencia de un maestro y necio amigo.

La señora nos mostraba el mar y nos contaba historias de las capillas. Enumerando montañas llegaba con el índice hasta España, a la vista, y me volvía la nostalgia. Estar ahí, tan lejos del mierdero, y al lado de mi verdadero reino, soñando otra vez con lo insoñable, pero bebiéndome la terquedad de este hombre para alimentar la mía, y él limpiándose la boca con mi ceguera. Fue en ese ataque de nostalgia donde recordé Una giornata particolare. La vi en Chiapas con la única verdadera compañía, y la he repetido cien veces. Pensé que el día era eso, a lo que se sumó la casualidad de que Víctor llegó a hablarme de Confesión a Laura, con la que tanto la relacionan.

En la tercera iglesia que visitamos, en la que se casó el rey, don Luis (don Luis XIV), en un pueblo cercano a Biarritz nos quedamos un rato. A oír el silencio de dios, como dice Vallejo. Y a disfrutar los ecos del olor del incienso, los santos que “eran los ñeros de antes”, me dijo el maestro parado al lado de un Santiago caminante, y frente a una docena de estatuas laminadas en oro. Los ñeros. En las iglesias vascas los hombres se hacían arriba, en unos corredores especiales, preciosos, y las mujeres abajo. Ahí recordé que cuando uno entra a una iglesia nueva, mi mamá dice que uno puede pedir tres deseos. Nosotros pedimos miles con aquella cada vez que conocimos una. En nuestro Cadaqués o en nuestras 300 de Cholula. Yo me acordé tarde, así que pedí los 6 deseos atrasados, de las otras iglesias. Todos los deseos eran el mismo. Cambié uno para compartir con alguien que adoro. Víctor dijo afuera que el tercer deseo que se le ocurrió era muy perverso, yo me cagué de risa de imaginármelo pidiendo a dios, deseando fervientemente alguna sustancia, algún elixir, algún vicio, algún milagro mundano.

En esa iglesia había una puerta que sellaron tras el paso del rey. La hicieron muro y se perdió la puerta entre sus grietas. Ahí, en esa puerta que ya no es puerta nos tomó una foto Annouchka… frente a una puerta que no es puerta, repito. Como celebrando la terquedad de estar en una entrada en la que no se entra. La terquedad de resistir, como Ante la ley, los dos, soñando, yo empezando, cómo no, dándole un abrazo humilde pero aterrado de admiración, de saber que esta tarde en País Vasco empezaba a traerme la esperanza y el consuelo, no tanto por lo que haya sentido él por la película, sino porque ese hombre es uno en un tiempo. Ese hombre con su mirada  que tiene toda la maldad de la niñez, y el candor de la poesía, la terrible “propensión a la poesía”, como dice RGJ; ese hombre de dulzura en Esperanto que la entiende quién sea, como la extraña señora hermosa que nos mostró su inmensidad de casa y sus fotos. Ahí estábamos en esa foto, celebrando nuestras vidas, nuestras películas, pero como si no importara que ya existieran. Estábamos en otra cosa. Estábamos en el mismo bando, como él mismo me lo dijo hace poco, tomado en Medellín, con nuestra amistad aún tímida. En el fondo nos presentaron las películas y es otra razón más para agradecerles, malas o buenas… estaba abrazando al maestro, invocando al tiempo a los míos. Nos unen amores y desprecios. Eso que dijo un nuevo parcero hace poco de que no eran “actores naturales sino actores por naturaleza”. Nos une que lo aburre como a mi la obsesión hipócrita de este país por su imagen. Eso que decía Velandia de que un actor puede representar un narco o un ñero y está bien, pero que cuando es alguien de allá abajo, quien tiene la posibldiad de hacer algo por su talento, porque se lo ganó, por el curso de su vida, entonces es pornomiseria. Ciegos, es pornobelleza.

Su abrazo me consolaba la rabia, y menos mal la foto se demoraba en ser tomada. Pensaba en tantas voces mediocres quejándose de la secuencia de la niña, pero ninguna preocupada de verdad por las niñas abusadas de la “L”, del Bronx, los nuevos cartuchos. Nos han hecho los mismos feos. Los mismos desprecios. Por eso ese abrazo era un abrazo abrazo. Me consoloba recordando que me acababa de decir que desde que oyó de la historia de LSD.S la envidió, y ahora le resfrescaba esta película su forma de hacer, se iba a “alimentar con ella”. Qué humildad de ese hombre. Que caricias tan patanas, tan duras me daba con sus piropos. Con su complicidad. Le gustó al viejo, pensaba. Le gustó a otros, le disgustó a tantos. Cómo sabe de rico el desprecio, mientras se da la lucha. La de encontrarse uno con uno, para recuperar las cosas fundamentales, los metales perdidos. Pensaba en que me dijo delante de Annouchka eso de que le guardara el secreto de que “hoy es un día muy especial para mi”, como dijo, sin darse cuenta que el día me lo regalaba él, las nostalgias, la película. Los primeros pasos de esta película en otras tierras donde como hoy, en Biarritz, en esta muestra organizada por el mismo tipo de la Semana de la Crítica de Cannes, donde ni los canes me olieron, una señora se me acercó a decirme con acento francés que era un “poquito anárquica”. Yo que siempre respondo que es una película tierna sólo atiné a decir “¿un poquito?”. Pero eso ya era bastante piropo, al igual que las caras apesadumbradas y asuastadas que dejaban la sala, horas antes, cuando yo no quería darle al día la cara.

 

 

Rubén Mendoza.

PD1. LSD.S no estaba en compentencia en Biarritz. Sin embargo los premios de este festival se llaman “Abrazo”. “Abrazo a la mejor película…”, etc. Yo me llevé un buen abrazo. El de don Víctor.

PD2. El maestro Gaviria vino a quedarse a Pagrís, Rancia, en la Residencia de Cannes, donde hoy empezamos 6 a soñar nuevas películas. Estamos dos colombianos, Óscar Ruíz (director de El vuelco del cangrejo) y yo. Y tenemos su bendición para empezar. Y esta borrachera que empieza.

PD3. Las fotos. 1. El maestro Gaviria dándonos la bendición a Óscar Ruíz y a mi, en la Residencia del Festival de Cannes, en Pagrís, Rancia.

2. El maestro Gaviria y el alumno, RM, frente a una puerta que no es puerta, como de costumbre. Foto de Annouchka de Andrade, madri-na.

3. El maestro Gaviria y el Alumno, en el cuarto del alumno, inciando la borrachera.

4. El maestro Gaviria bautizado por el director chileno Fernando Guzzoni, Óscar Ruíz Navia, y RM. Mero güiski.

AFÓNICO CONTRA MEGÁFONOS. Sobre el abuso de los medios con La sociedad del semáforo. El abuso del micrófono para imponerse.

Quiero decir algunas cosas con respecto a cómo alguna parte de la prensa está tratando a la película La sociedad del semáforo que escribí y dirigí.

 

Hoy tuve una discusión áspera en la radio. Creían que eran dos toreros contra toro herido, y yo no me siento herido. Disfruto y aprendo del desprecio y de los fracasos sin dejarme llevar al fondo, mientras no se lleven a los nuestros, y no me creo demasiado las caricias ni las alabanzas, por ciertos que sean los primeros o los segundos. Me basta la bendición de hacer una película para estar agradecido, la bendición de crear durante tanto tiempo como el que toma una película. Por eso insisto en que no pienso en crítica, ni en públcio, porque en el fondo es la manera más honesta de llegar  a los unos y a los otros: con lo que tiene uno en el corazón y en la cabeza. La radio es un megáfono grande. Yo entiendo perfectamente que la película no guste, es más, que disguste, que haya opiniones encontradas porque no hay nada más sospechoso que la  unanimidad y porque puede que sea una película mala, y es válido para el que lo sienta y lo diga, y puede que sea una película bella, o buena, y es válido para el que lo piense, lo sienta, lo diga. La belleza está en los ojos del que la mira, decía la abuelita Empera. Ya lo dije, lo sé; lo diré otras veces. La película existe y para uno eso basta. Como autor. Como me dijeron hoy esos periodistas que no podían decir la “s” peor porque no tenían más papas entre la boca.

Me acusan de que la película no tiene historia. Qué quieren que les responda. Si eso le parece eso es. Me está dando una opinión, eso no es una pregunta. De inmediato tiene sabor  a indagatoria y uno se tiene que poner del lado de uno y en un papel idiota: el de abogado de película. No quería jugar a eso. Me daban un poco de risa también. Parecían pollitos bravos diciéndome cuán indignados estaban, y sus amigos con esta película sin historia. Me hablaron de introducción, nudo y deselance, después citándome se trataban de burlar del término “Aristotélico” que empleé para resumir y decía el especialista “Arestotélico o como quera que se llame”, porque tuvo la sensatez de dudar de que la palabra existiera, y pensaba que era un invento mío o de alguno de los ñeros de mi película. Porque en el fondo ese es el verdadero problema. Estos tipos de la prensa suave, estos tipos que amenizan su trabajo con “lamparazos”, al saber que mi película es con “ñeros”, a los que llaman “indigentes”, o “habitantes de la calle” mientras se muerden la lengua entre las mesmas papas para no decir algo que les viene del alma: “desechables”. Les molesta la película como el perro callejero o el hombre perro callejero, que se asoma mientras engullen en su restaurante. Le digo que yo ahí no estoy rompiendo nada señor. Un tipo quiere unirse a un parche, luego se une, luego se ven las consecuencias. Más aristotélicamente para dónde. Se empieza a enloquecer, a maltratar, a preguntar con risa el periodista éste. La vida es así de aleatoria como la película y más en mundos como los retratados le digo. Sí que es aristotélico (intro, nudo y desenlace periodista querido, como seguro me diría), sólo que hay paréntesis, pies de página, comillas. Como en la vida. No debí ni responderle porque el cine no tiene por qué necesariamente responder narrativamente. A nadie. Ni a nuestros periodistas. Lamento amargarle las crispetas ya que me aclaró tantas veces que pagó la boleta, como si fuera un milagro que un periodista viera una película pagando. Como si tuviera que de nuevo cerrar la boca, como cada vez que me echaba en cara sus losqueseamilpesos. “No” decía escandalizada este hombre, “es que no tiene historia y acá dice nosequecrítico de nosedonde que no tiene y entonces no tiene”. Pues es su opción señor. Acá sueno decentico pero para ser objetivo, como ellos, debo decir que estaba molesto. Porque no se me pregunta con respeto. Se me pregunta como si me estuvieran tirando una monedita desde el abismo de su vidrio eléctrico. Como si tuviera que pagar con sumisión y silencio que estuvieran abriendo sus micrófonos para mi. Me callaban cada pregunta y yo gritaba más mis respuestas sabiendo que tras la tiranía de sus micrófonos me podían cerrar, o subir el volumen a los suyos, pero  a mi me bastaban mis gritos para no oírlos, y reírme tranquilo.

Cuando uno no quiere informar sino hacer daño, cuando de la emoción de una polémica lo hace a uno orinarse en los calzones, se va por el camino fácil. Ver la película de una manera prevenida, decorativa, con un criterio predispuesto porque no se pueden perdonar que la imagen del país quede así. Si Colombia es pasión. Si colombia es pujanza, es el país más feliz del mundo. Los tipos querían ofenderme con su decisión, su “arrojo”, su grosería. Llegó uno de ellos a proponerme que por no aceptar las críticas debería dedicarme a otro oficio. Seguramente un oficio tan bello y oficial como el de él. Como si mi oficio consistiera en recoger todas las babas que quieran escurrirme.

Mi oficio, señor Periodista, ilustre, respetado (porque me hablaba así, como si eso cambiara en el fondo su intención de burlarse, de ofender, Profesor Petro diría Santos), mi oficio es probar la vida, escribir películas, ensayar con actores, filmar películas, editar películas, escribir bandas sonoras, trabajar con los músicos las músicas, mezclar con la gente de sonido, tratar de hacer de la promoción algo creativo. Ese es mi oficio. Mi oficio no consiste en oir una canteleta tapada de doble moral. Nada concreto. Nadie y ya han visto muchísimos la película ha insistido en que no hay historia. Historia es lo que hay. Lo que sobra. Que las palabras no tengan el orden o la elegancia que usted espera para que su cerebro le indique que vió una película, es otro problema. Uno no sabe cuando está haciendo una mala película. Uno trata de hacer como más lo disfrute y más lo exija, en mi caso y el de otros.

Ese es mi oficio; no es ver cómo abusa de su micrófono. No soportar cada vez que quisiera callarme. Suponía cómo iba  a editar la nota así que poco espacio le dejé para que la editara sin pantear la discusión completa. En ningún momento dije que no aceptaba las críticas. Dije que no aceptaba el tono doble, mentiroso de las mismas. Si algo detesto es esa gente que para respetar a alguien primero debe saber qué hace, y segundo saber cómo lo hace para entregarle el derecho a hablar de igual a igual. Preguntan con sorna en la boca porque entrevistan a un don nadie, son los mismos que hacen venias con la lengua cuando entrevistan una estrella o pseudoestrella con la que puedan hablar del mismo sitio de rumba en la misma extraña ciudad que visitaron. Es la misma gente que le pregunta a los actores de LSD.S que qué hicieron con la paga, o que cuánto fue. Sí, de una vez por todas, sí. Se les pagó bien. Como a actores estudiados, que algunos lo eran, como a actores de cine colombiano (así sea abstracto el término), con un contrato y todas las de la ley. La ley. Es una decisión estética trabajar con ellos. Es la pintura con la que me da la gana pintar porque me acerco con total facilidad a su sensiblidad, porque me gusta filmar mezclando vida y cine. No hay otra decisión detrás de eso. Porque tienen colores que disfruto, que mezclo, que domino y me dominan.

Y no todos son drogadictos como todo el mundo cree. Nadie fue llamado para representarse necesariamente  a sí mismo. Sólo se tenía que no ser una cara conocida. Nadie contrató drogadictos y prostitutas con ese criterio. Eso no importaba. Si los hay o las hay no es nuestro problema. También un periodista de corbata, un golfista, un viceministro podía trabajar acá. Empezar a desarrollar una vínculo para filmarlo, para compartir. Un vínculo bueno o malo. Además no es problema nuestro qué vicio tienen. No nos centrábamos en sus miserias. Si quisiéramos hacer películas de miseria iríamos al Palacio de Nariño, a algunas cabinas de radio y algunos canales de televisión. Yo vi belleza, vida, dolor, locura. O sea: poesía, y eso es lo que comparto. Y a la poesía no le puede poner Señor periodista sus patrones, porque la obra no tiene patrón. La de nadie. Cada película es una aventura, es un método, una técnica.

El problema es que esperaban una película de ñeros mal hecha. Mal actuada, sucia de verdad. Inaudible. Sin encuadres. Sin historia. Encuentran lo que quieren ver porque en realidad tratan de darle a la película y a su equipo el trato que le darían a un ñero. La mirada que le darían a un ñero. Todo desde las reglas establecidas. Todo desde lo que les enseñó la sociedad que está bien y que está incluído, y que les reafirma como héroes de las casas decentes cuando salen a decir que esto está mal porque no tiene historia, y porque una lectura o dos coinciden con él, pudiendo ignorar, para seguir callando con su micrófono, voces importantes de los periódicos más grandes del país (El tiempo, El espectador, El colombiano), de la revista especializada en cine más grandes del país (la Kineto), en las Lecturas dominicales, más de 50 comentarios diarios en medios electrónicos, porque ellos piensan que es así y que sus auxiliares hacen la venia para confirmárselo. Ignoran a la crítica especializada y al público para ceder a sus caprichos. Porque “la calle no puede ser así de horrible, su película no es la calle, es su mente horrible, porque yo he visto la calle y eso no cabe en un letrero que diga Sociedad del Semáforo porque es que no se puede si no se filma el semáforo los 90 minutos”. Mi película sólo son villancicos al lado de la alegría y del horror de la calle. Yo sé que desde donde trabajas esto no se ve, pero hay cosas así. Hay realidades así de azarosas, de intermitentes. Del sueño se va a la vida y uno no se da cuenta y de la pesadilla al soplo de felicidad de mentiras, y a los reinos de la alucinación. Eso existe mi don. Se llaman drogas. Alteran la realidad y la aristotelitud en apariencia.

Tenían toda la parte jarta de la rolez, de la paisés, de la costeñez. Nada de lo luminoso que sobra de cada mesmo mentao. Me criticaban que ni siquiera la película pasaba en el semáforo y que por qué era entonces La sociedad del semáforo, como si digamos, Japón, la película, se hubiera tenido que filmar en el Japón, o se indignara porque en Los muertos salen muchos seres vivos, o para darle un ejemplo más sencillo, molestarse porque Los ángeles de Charlie no tienen alas. “Infames”, me decía agitado sin decirlo textualmente. “Cómo hacen su publicidad, mentirosos. Ahí no hay historia de nadie ni de ningún semáforo. Cómo le parece su publicidad”, insitía mientras caían las pinzas. Y entonces dice que nosotros  cómo engañamos a los que compran la boleta, y entonces agradezca farandulín que mi celular no tiene machete para cortar la llamada porque de engaños si no me hable, porque buena parte de ustedes vive de eso. De volver una mentira verdad, un rumor una certeza, un odio una bajeza. No pueden jugar sin hacer faltas y ganar en franca lid. Seguramente me editaron con las patas como suelen hacerlo, y se dejaron intactos. Le dije que la publicidad de mi película me parecía bien porque no teníamos un peso y conquistamos con pura poesía, con lúdica, con juego, con ideas. ¿O es que acaso el trailer no anuncia el desastre de no-historia que viste?, mi cerebrazo periodístico. Te digo que yo escribo los desordenados y, eso si perdona, “nada ciertos” horósocopos y diccionarios, que seguramente no es que no alcances a relacionar con el tono de la película sino que, tienes razón, hacen parte del engaño. La publicidad… sin plata la hicimos. La reforzamos con gente como usté y con su tontería… Y luego de que nos gritamos, apasionadamente, yo más calmado, y de que te molestó que te llamara locahistérica ante tu audiencia, a ti y a tu compañera, a las dos señores, me dices “en cualquier caso lo que queremos es apoyar tu película suerte en las salas” y el tipo jamás quería eso. Sólo quería quedar bien al final. Equilibrar con un poco de tonto consuelo. Pero quedar bien, sobre todo. Tu emisora la oyen muchas mamás, y bueno. Las mamás son las mamás, ¿verdad?

La doble moral. Te lo dije de una. No sean hipócritas. No me deseen suerte que no es lo que quieren. Toda su entrevista fue una burla y el tono con el que me llamaron compeltamente engañoso. Párense por lo menos en la raya que el hecho de tener un micrófono en la mano no pesa tanto como para que se tenga que inclinar su dedo para todas las direcciones y dejarlos a todos contentos. Más bien haga bien su trabajo. Deje que la gente se indigne, o siga disfrutando de mi película como lo ha hecho. Deje de tirarse mis premisas, de adelantar partes con lugares comunes y conlusiones estúpidas como “pero el aparato del semáforo no se ve funcionar”, porque no logró ver que mi película, como la vida, está llena de causas perdidas, y que tal vez ni un sólo paso logren ver de manera satisfactoria. La belleza está en el intento, en lo que no existe, y eso lo dicen hace miles de años unos tipos de oriente. Y ni para qué le explico pero acuérdese que de la jarra uno no se sirve de la jarra “sino de su vacío”, de la casa uno no habita las paredes “sino el vacío entre ellas”. Lo inútil.

Yo entiendo que tantos países desprecien a sus carpinteros, y sobre todo a sus poetas. En el fondo me alegra estar de ese lado. Sé que la fuerza de esa película a veces atropella los ojos, pero cuando uno menos piensa, cuando uno aprieta los párpados para recibir el golpe, en realidad  venía una caricia, y un arrullo.

Lo han dicho muchos “ya no veré a la gente del semáforo con los mismos ojos… ni a la calle… ni al asfalto… ni al viaje…” y ese accidente que viene de la belleza de estos seres que representaron lo escrito, ya dice que hay historia, tal vez historia de lado b, pero historia digna, la de los anónimos, a la que usted renuncia por la facilidad de una trinchera electromagnética y una marca que le patrocina el pecho.

Yo tiro la mano y escondo la piedra. Pronto me  debo ir lejos y por más que quiera no podré defender a mis actores, ni aclarlar o debatir por mi película. Igual abusarán del tamaño de su voz, como abusan los que manejan del tamaño de su bus. Esa es la verdaderda tristeza. Los periodistas imponiéndose con mañas y superficialidad con lo que consideran su verdad, a aspectos fundamentales de lo que puede ayudar a formular una verdad más completa. Seguían indignados conmigo. Porque ellos ofendían socarronamente y yo les lanzaba palabras sin tregua, con un ventilador, con un molino. Entonces hice como ellos después de los últimos gritos “muchas gracias por invitarme a tu hermosísimo programa, a contemplar como haces tu hermoso oficio, un saludo para tu hermosa audiencia, amo tu lindo oficio”,  porque querías oír eso y salirte con la tuya antes de ir a comerciales para poder madrearme como seguro lo hiciste, porque yo si me referí a ti varias veces con la peor de las palabras, la más dulce, así después de colgar la eterna llamada, las preguntas confusas, las calladas, las arbitrariedades, que no envié a mierda tirando el teléfono nunca porque quería comprobar tu ralea, te tuteo destuteo, me hubieran dado aún más argumentos, más fuerza, más libertad, más viento.

Siempre habrá quien grite. Quien abuse de la fuerza de su elemento. Quien edite a su gusto la verdad, que siga en los micrófonos insitiendo por horas sin répilcas de un segundo. Nosotros en cambio seguimos esparciendo la voz con más suerte que fuerza, y sin dar tregua (aún) al que considero hermoso regalo de crear.

 

Rubén Mendoza.

(Source: lsd-s.com)

CAMARADA

Camarada.

Cámara, camarada, camarita.
Pija camarita, te decía en el Casanare.
Guitarrita de clavijas eléctricas.
No alcanzas a ver cómo tengo los dedos ampollados de tocarte.
Por tu culo miro al frente.
Ojo de punta de lápiz.
Ya no tenemos que escribir nada, camarita.
Si no quiere que le escriba, ni leer mis cartas,
me rasgaré en trocitos la lengua para que ni me entienda las palabras.
Y la destazaremos en 24 tajadas por segundo, camarita.
A los 3 segundos no será ni la cuarentayochésima parte de lo que fue hace un rato.
Mi lapicito, mi hembra, mi flauta.

Rubén Mendoza

(Source: lsd-s.com)