Palabras para despedir a mi papá.


El Tao que puede decirse no es el Tao en verdad… dice el Tao Te Ching. Lo que se dice, no es lo que es. La palabra es un artificio y jamás dirá lo que las cosas realmente representan. Un par de horas antes de la ceremonia de despedida de mi papá, Guillo, escribí las palabras que están abajo para la misa que le ofrecieron en la catedral de Villa de Leyva… la belleza de mi papá no se puede decir acá… su obra es preciosa… como sus manos, que me hicieron nudos con la literatura, con el cine, con la música, con la arquitectura, con la pintura, con el diseño de las flores, con las estrellas, con el color del aire, con las formas de la montaña, con la Luna, su Luna… con lo sagrado, con lo profano… con el humor negro, con el humor agudo, con los dardos venenosos e inofensivos… con ponerse en los zapatos del otro, con la compasión, con el asco a la política, a la injusticia… imposible andar con el 20 metros, aún cuando ya no andaba, sin parar 100 veces, a ver una hormiga, un asta de pasto saliendo de un andén, un brillo, la mirada de alguien… mi viejo fue un hombre bueno que padeció 14 años una enfermedad que nos probó todos los abismos como familia (rodeada de amigos para atenderlo), como individuos. Un hombre tan bueno que todos los males querían conocerlo. Lo probamos todo para que se curara y el milagro eran los intentos, y los cruces de caminos. Los últimos cuatro los más difíciles. Esta es una especie de crónica en tono de descarga de una sola partecita del cielo y del infierno que vivimos con su dolor en los últimos meses. El dolor que se escribe no es el dolor en verdad. Las palabras estuvieron flanqueadas por dos canciones de Velandia, adoradas por mi viejo. Antes de ser dichas La Montaña, y al final Calavero.
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Villa de Leyva, Agosto 16 de 2011.

La abuelita Empera, que nos ha sonreído todos estos días desde la muerte, su patria, decía contando de la mañana en que amaneció viuda por primera vez que “si a uno le durara esta dolor largo rato, 2 horas diga usted, yo creo que moriría”. La abuelita que conoció el dolor de tantas maneras menos mal no estuvo para ver los dolores que padeció mi papá. 

Cristo, rey de esta iglesia y símbolo obligado para el mundo del dolor, padeció 3 días. Él sabía que se iba. Se sometía a morir bajo su consentimiento, siendo un hombre. Pero fueron sólo tres días.

"¡Ahhhhhhhhhhhhh!" se oye un grito en el cuarto. Mamá como todas las noches ya está en pánico en el corredor. Es Guillo desde su cuarto, gritando, maldiciendo, como un torturado al que le obligan a decir todo lo que no quiere. Pasan 2 minutos de paz. "Ahhhhhhhhhhhhh!": sus gritos, para no imitarlos y asustarlos, eran una mezcla del dolor de toda África, con el de algún león herido, que terminaba a veces agudamente con ese sabor horrible que es la aparición de la locura.

Mi papi, como una tortuga boca arriba, sin poder moverse, batalló por meses, y más intensamente en las últimas semanas, porque el último resquicio de dignidad total que le quedaba, su pensamiento, no se desvaneciera en los hervideros de la locura. Otros dos minutos, un nuevo grito. 

Hay que moverle las piernas, dejarlo en una nueva posición. Van 3 minutos, ya no  aguanta, otro maldecir, otra nueva posición, otros tres minutos. Édgar un masaje en las piernas que viene el ataque. Mientras Édgar le mueve las piernas, Santi lo va masajeando. El dolor en los ojos de mi papá aumentando como siempre. Porque venía el ataque. Tía Lu alcanza el oxígeno, Mamá ya está trayendo aguas especiales, masajeándole los dedos como nos enseñó ese médico, y como nos dijo ese brujo, como nos sugirió el cirujano, como recomendó la vecina, como dijo el quiropráctico, como sugirió el homeópata, como nos mandó razón la psicóloga. Ya viene el Mono a decirle “tranquilo” sin decirlo, pongámoslo en la sábana de manejo, qué hacemos para que el calambre no se vuelva ataque. Martín se prepara, se prepara Camilo, Gala con el anticonvulsivo, Mona y Juan que se alisten para traer no sé qué cosa, Margarita que si le regala una sonrisa, Yoli que cuál es el chiste del día, que ya estamos reventando. Y Ramiro ¿Será que puede dar una mano?

Porque cuando se volvía ataque era como si le conectaran mil voltios a su cuerpo. A veces, como la última, hasta por 4 horas, y otras dos de gritos que venían de quién sabe dónde, como agonías de rabia, de impotencia. Los ataques eran atómicos. Su ánimo quedaba un par de días por el piso, y luego la baja de ánimo daba de nuevo paso al pánico, a la horrible espera del siguiente ataque. 

Durmámoslo, durmámoslo como un elefantico inmenso, probemos las gotas estas, los venenos psiquiátricos, la manzanilla, la manzana, la lechuga debajo de la almohada. Esta noche probemos alcanfor, volvamos a los sedantes, las nuevas pastas sólo de dan 2 horas de sueño… cuánto lleva sin dormir Fab… lo mismo que sin ir al baño, me dice, 6 días. “Papá… tranquilo que con estas gotas durmieron un elefante… sólo con 3”… se las toma, pero mejor 10 como dijo el psiquiatra, o 20, o cómo hacemos con tu mente tan inquieta, Guillo, tan poderosa. Esto no es una noche, pero jalemos el carro que somos hijos de dios… quién le lee… Guillo lector voraz desde niño, imposibilitado para leer por su pulso, por su angustia… que lea el Mono que sólo la lectura lo hipnotiza. Su Borges, su Vallejo pintando los días grises de azul, La vorágine, ese dectective, José, sus hermanos y Thomas Mann… a qué letras le pediremos paz esta noche si no hay sustancia que valga… si no hay película que te duerma, ni infomercial somnífero… pero pareces adormilado y sin embargo corriges la palabra mal dicha, desde tu cama, el acento mal impuesto… subrayas la belleza que no dejaste de contemplar aún con la deformación del dolor…  

Llanto, desgano, torturas. Ahora ya no puede coger el lápiz. Qué falta. Ni pintar, ni escribir, ni llenar inútiles crucigramas. Cómo lo doblamos ahora que no dobla las piernas para ir al baño. Estamos en “pits”, con 6 rodeándolo para prevenir el taque. Ya no puede coger  los cubiertos. Ya las palabras, ese hermoso juguete que nos regalaste, no te responden. Se enredan como en uno de esos crucigramas sin salida. Miseria de vida. Gritos de dolor todo el día. Obligado a maldecir. Obligado. Y la locura, no querías la locura, y allá sólo llegaste por minutos, porque tu fuerza inmensa y nuestro amor nos permitía tirarte una cuerda a los infiernos y traerte de vuelta. O una inyección para dormir Leones. No duerme. Grita. No dormimos, oímos, tememos. No una noche. No dos. Decenas, de decenas, de decenas de noches. Algunos de ustedes fueron testigos amorosos de este dolor inmenso, de esta incomodidad tan horrible, de esta pesadilla de noche y de día. Ustedes que tenían la ventaja de venir a verlo cada tanto, y luego, hacían algo que él no podía ni soñar, levantarse de su silla, limpiarse las lágrimas, caminar hacia el carro, manejar hasta su casa, y seguir su vida… como sigue la de todos. Mi papi ni las lágrimas podía limpiarse sólo… lo que nos obligaba a la delicia de acompañarlo, siempre.

De dónde sacábamos fuerza para no maldecirla nosotros si nos dábamos cuenta de que la vida le rompía el corazón y los ojos. Esos ojos, esos ojitos verdes, puros, ventanas a la ingenuidad, a los milenios, a la inocencia. Esos ojitos cada día más apaleados, más resentidos, más tristes: esos ojitos de lo que fuiste, mi Guillo, nuestro niño. Nuestro niño herido. Nuestro primer hijo y el último de tu esposa. Nuestro niño herido, nuestro niño con el corazón pateado, traicionado. Nuestro niño de corazón bueno que se lo querían volver malo… y no pudieron. Esos ojitos, mi niño, tan ausentes, tan adormilados de no dormir, tan atontados a fuerza de dolor y de medicamentos. Mi amor, mi niño herido.

A mi papi lo arrastraba la vida y a nosotros nos parecía que iba volando. Un ejército de familia (el núcleo y un par de cercanos) y de familia elegida: los amigos ahora hermanos, lo cuidamos como si cuidáramos un Emperador. Con la dignidad que su vida merecía. Mi papá sólo pidió jamás pasar indignidad, y las pasó todas. Pero cada servicio que le prestábamos, por escatológico que fuera, en realidad fue un honor inmenso. Jamás recibió un maltrato de nuestra parte, y jamás, mientras tuvo completa su razón, recibimos insultos en su recuperación.

Sólo fuerza y amor. Sólo fuerza y amor. ¿Cómo les explico el tamaño de nuestra pesadilla? La indicada sería mi hermosa mamá, Fab, la flor de roble. Que no estuvo algunas noches, ni casi todas noches, sino siempre. Sino todas las noches, arrullando ese elefante asustado y amedrentado por la vida, y por la enfermedad. Sólo ella sabe el tamaño de su infierno, y hasta de repente también como nosotros se confunde, porque de toda esa miseria, de todo ese dolor inconmensurable, de toda esa amargura, de toda esa rabia, empiezan a quedar solamente los ecos de la risa. Porque para tranquilidad de todos, mi papá, mi Guillo, murió sonriendo, y haciéndonos sonreír, a los 14 que lo acompañábamos a irse y que formábamos su ejército de recuperación. 

Hace unas 4 semanas la vida, esa hermosa y bruta loca, trajo a nuestra vida a un gran doctor, y a dos personajes muy raros. Vinieron a conocerlo y a darnos nuevas instrucciones y, sin quererlo, como tantos, a jugar con la ilusión del milagro… la esperanza nos la pisotearon tantas veces. Así que nos pusimos en sus manos. Esa noche sin embargo tuvo mi papá la peor convulsión de su vida, espantosa, 4 horas de martirio, y un día de recuperación. Un día muy particular. Cuando los gritos pasaban de las 4 horas, y lo rodeábamos en inútiles masajes (pero amorosos), pues ya habíamos tenido la escena dantesca de un ataque terrible, en la última estancia en la clínica en Bogotá, donde hicieron exactamente lo mismo, pero con un poco menos de amor. No había nada, sino que esperar, a que a la vida le diera la gana de desconectar los cables del martirio, y terminara de nuevo el ataque. Guillo se iba. El espanto aumentó cuando quedó haciendo gritos horribles, como por tic, por dos horas. Mi mamá decidió llamar un cura a las 5 de la mañana, y así empezó nuestro primer velorio del que por fortuna, el muerto, Guillo, salió vivo e ileso. Les cuento un poco. 

El padre entró elegantísimo por la puerta con una sotana. Guillo que apenas podía volver a coordinar las palabras por el ataque, distraído por la hermosa sotana preguntó en voz alta al verlo: “¿qué hace aquí esa vieja?”. Pasémoslo entre los 4 a la silla de ruedas. A la cuenta de tres: unodostres. Se jodió la sábana de manejo. Ya vienen los tipos raros que conocimos y ella tuvo una revelación: Guillo se muere hoy veintitantos de Julio, así que nos reunimos todos a llorarlo. A despedirlo. Unos 15 estábamos con él. Mi Papi, mi niño herido jugando a la muerte, y convencido por la debilidad en que lo había dejado el ataque se dejaba tratar de morir de la señora que decía con su acento argentino que “sha sentí el frío de la muerte”. El esposo de la argentina que era un hombre noble acostumbrado a callar cuando la mujer decía, como una pequeña marioneta y su péndulo vigilaba el inicio del viaje de mi viejo desde atrás de la cama… callaba por orden de la mujer, y escuchaba junto a nosotros una grabación en voz argentina que ella nos ponía a todos desde su celular: “tu misión en la vida ha terminado… nosequénosequénosequé”, una y otra vez al tiempo que yo le pedía a Martín que pusiera la canción de mi amigo, que se acababa y el Guillo no se decidía a morir. Hacía fuerza como niño que entra al baño y abría sus ojitos confundidos para decir “oigan, yo así como que no me muero…”, y la argentina volvía a decir que ahora sí, que “sha”, que se estaba “shendo”, y él otra vez apretaba los ojitos y hacía fuerza para morirse, y no podía, y nosotros, generosos, lavados en llanto le decíamos que arrancara tranquilo, que estábamos listos, y otra vez cerraba los ojitos y cuando parecía que se había ido, un ronquido nos confirmaba que había vuelto del otro mundo, y el mismo ronquido lo despertaba, como siempre y decía a la señora que le ayudaría  a morir con sus espíritus “pero cuál es la ayuda porque así no nos va a funcionar la joda”. Mono no se quiere despedir. Llegó la tía Lu y el llanto crece. Se va Guillo. “Adiós Guillermo…” se acerca mi hermano Martín a decirle, y Guillo abre los ojitos y le dice “Luego para dónde se va…”, todos soltamos la risa, hasta el del péndulo, y Martín le dice con su acento paisa “no pues por lo que tu arrancas…”; mi papá respondió “eso no coja a despedirse que falta como media hora”.  Soltamos la risa. Como al almuerzo cuando mi papi, ya con las palabras enredaditas por el ataque, nos dejaba en suspenso a veces docenas de segundos… “quiero… … … eh… … …”, Martín había soltado otra perla al completarle frente a su ajiaco “¿una alcaparra?”, “no”, respondió mi papá, “quiero morirme”. Pues de nuevo, ni alcaparra ni taluego, sigamos haciendo fuerza que este vivo se muere. Fuerza. Y a Mona… quién llama a Mona para que se venga de Perú… Papi, regálame unas palabras específicamente para tu Monita, a ver si el llanto no me las borra… Ponga Martín otra vez la canción, repítala mi hermano que en esta repetición si se muere. Esa es la canción para que el espíritu se eleve. Repítala de nuevo que se volvió a acabar. Fuerza. Fuerza. Fuerza. Santi hermanito, todavía le suena el corazón, ¿cierto? Parece que sí. Se está yendo. Se muere, pero va a decir algo, unas útlimas palabras… “Quiero ir al baño”. La mística se rompió con la emergencia intestinal, que luego mi hermano Velandia supo poner en una canción del primer velorio de Guillo, cuando no murió. Terminaba diciendo “el corazón es grande, y el intestino grueso”. Ante el anuncio que acaba el momento, Yolandita que lloraba a mares en su pecho, y luego de pie, salió incrédula y le dijo sin hablar al Mono, sólo apretando los labios y sacudiendo la cabeza en silencio “ese no se muere”. Pero para la argentina en cambio la ida al baño era un símbolo de “se ejtá desapegando… ejtá soltando, ejtá soltando…”. Y sí. Soltó la carcajada por dos días seguidos acordándose de su esfuerzo por morirse con tanta fuerza que casi se rompe una tripa. 

Del lecho de vivo lo llevamos al baño entre 4 o 5, como siempre, su miradita digna de cuando lo llevábamos sabiendo que él se odiaba por haber llegado a ese estado, pero que lo vivía como el hermoso árbol que es y sabiendo que lo tocábamos, mirábamos y acompañábamos con la dignidad total de nuestra alma, para tratar de hacerle compañía, juntos todos, a la inmensidad de la suya… en el baño se quedó solo con mi mami después del siempre aparatoso aterrizaje en el trono. Se quedaron en su intimidad hermosa. Según contó mi mami mi papá dijo que ya no tenía ganas de hacer nada, en el baño, y textualmente “eso está jodido irme así… así no me voy a morir hoy”, y ella con su amor eterno, por primera vez después de ese curso de sufrimiento de 14 años le dijo con risa “aprovecha Guillo para irte hoy que estoy en ganga, porque luego vuelvo a no dejarte…”. 

Ese episodio que hubiera sido traumático para cualquier familia, y humillante, y sobre todo para él, nos dejó sumidos en la risa. Casi siempre la hubo. De la risa hacía mi papá puentes entre amargura y amargura. No siempre exitosos. Pero la risa estuvo presente hasta 10 segundos antes de que la bendición de la muerte lo cubriera: Bendita muerte. La bendigo mil veces por el descanso de este mártir, castigado sin razón. Llegó bendita y hermosa casi un mes después del simulacro, entre prácticamente los mismos 15 pares de manos que seguíamos haciendo fuerza por el milagro, y por su descanso. Aunque las noches anteriores fueron un espanto de gritos y de negrura, y de medicina para locos, para dormirlo, la muerte lo encontró en plena conciencia, mandándonos sonrisas y dartidos de sabiduría a todos, de lo que había aprendido en el curso de su dolor… lo instalamos en una camita junto a la fogata mientras el atardecer nos acariciaba, y las nubes hacían formas proféticas. Haber vivido la muerte de mi Guillo, fue un honor. Me sentí un verdadero prójimo cuando el alivio de su alma llegó a mi corazón, como al de todos los que estábamos, y a algunos, vimos hermosas chispas en el aire, y al espíritu corriendo feliz de su cárcel de dolor por la ventana… a ser él en espíritu, o a unirse con todo, quién sabe, y desvanecerse como quien baja el volumen de la música… música como la que hubo siempre, pues preparamos listas de canciones para los días finales, para cuando llegara el momento… y se fue, se escapó para siempre, mientras sonaba el Adiós Nonino que Piazzolla le escribió a su padre al morir, y se había dormido unos instantes antes oyendo La montaña, de Velandia…

Pero diez minutos antes de que la respiración parara, en los últimos minutos de conciencia, cantaba con su voz sosteniéndose del último hilo, de la última cuerda vocal, y en coro con nosotros: Vencidos, poema de León Felipe que Serrat volvió canción, en la que un hombre “cargado de amargura”, le pide al Quijote que ya va en retirada que se lo lleve con él… “de retorno a su lugar”. A la muerte, amigos. La muerte que es la pradera desde donde todo se entiende, como me lo confirmó la sonrisa de la abuela, en estos días. 

No estamos resentidos con la vida, ni con Dios. Para nada. Si algo nos enseñó la enfermedad es que la vida es azarosa y que Dios, ni el suyo, ni el mío, no es un viejo lleno de manos con azotes para castigarnos: es la energía que todo lo toca. El Ser total. Dios no es un sádico, pero para todos los decepcionados de Dios, el de ustedes, el de mayúsculas, les digo que tampoco es un milagrero. Dios no es paleativo de mendigos. No está ahí para hacer la magia que se nos ocurra. Muchos de ustedes que creen que Dios todo lo sabe, ¿creen que él permitiría la hambruna en África?, ¿Creen que él permitiría que maten a dos niñitas en el barrio Kennedy?.. Dios que es el único que dice, según muchos, cómo uno muere, ¿mató entonces a esos 69 en Noruega en 79 minutos?, le puso tos tumores a ese niño de 4 años que murió hace mes y tanto, sobrino de Ramiro y Yolanda. No. Dios no es enfermedad ni venganza. Dios, a quien yo llamo Todo, o Vida, es una hermosura que lo recorre todo. Hasta la muerte. Porque la muerte no es un castigo, ni una enemiga de la vida: además ni la vida ni la muerte tienen moral. La muerte es una hermosura, de la que somos testigos todos, y en donde se puede recoger cariño de muchos por un ser extraordinario, generoso y hermoso que jamás mereció ni un pellizco, pero que se sometió a todo ese dolor para conectar almas que hubiera sido imposible conectar y conocer de otra manera. Su enfermedad fue un camino para muchos. Pero dejen a Dios en paz, los que andan sufriendo, que las pestes del hombre se las inventó el hombre… o cuándo han visto un perrito, o una vaca con tumores… con estas enfermedades… sólo los animales que conviven con el hombre han empezado heredar sus cánceres, sus males. La Vida es una hermosura de fuerza que nos habita hasta en la muerte. No perdemos nada porque como dice el Tao, “el que nada aferra, nada pierde” y nosotros celebramos con todo el dolor del alma, la libertad de mi Guillo. También dice el Tao que uno sólo padece por tener un cuerpo… “si no tuviera un cuerpo qué males podría padecer”. También dice que los opuestos no se contraponen, se complementan, y que el vacío, ese al que tanto todos le temen, ese vacío de la vida, y el vacío de la muerte, no es para llenarlo… sino para disfrutarlo… dice ese libro hermoso que 30 radios convergen en una rueda, pero es el vacío del centro el que la deja ser rueda, que una vasija es barro pero que nos servimos en su vacío, que una casa son paredes que se rompen para hacer puertas y ventanas pero habitamos el vacío, lo que no es muro. Y así, este vacío de la muerte es un centro delicioso por el que ojalá la vida nos deje pasar con conciencia. Es un paso divino al que no hay que temer, porque no se contrapone a la vida, porque la complementa, le da sentido.  Nosotros estamos empeñados en verla como enemiga, pero es una hermosura de visitadora, cuando llega sin violencia, cuando llega con risa, cuando llega con conciencia, con amor, con manos amigas. 

La muerte  es una delicia. Es hembra macho hermosa. Es el descanso. Ya no más jeringas, ni ribotril, ni clorazepam, ni diazepam, ni olanzapina, ni dormicoon, ni estire las piernas, ni respire profundo, ni resorte, ni saque el pecho, ni “este pié aquí”, ni tensión, ni epamin, ni enemas, ni chuzadas, ni infiltradas, ni anticonvusivos, ni topiramato, ni topamac, ni sertralina, ni zonta, ni goticas de nada, ni magias de nada, ni resonancias, ni tags, ni bisturíes, ni fisio, ni pesadillas horribles por la morfina, ni amargura en los ojos, ni gotas para la amargura en los ojos: ni oxígeno siquiera. Sólo descanso, sólo entendimiento total. Dios regocijándose de que la energía hermosa de mi viejo, se una al todo, como se unió a los que lo acompañamos a irse, en la luminosidad de ese atardecer en sus ojos verdes, por primera vez después de mucho tiempo sonrientes, tranquilos, lúcidos, porque sabía que se iba… saboreando el sabor total de la muerte.

Dios (La Vida) no es dueño del dolor. Por qué va a serlo uno. Por qué no celebrar que se fue. Si no somos nadie para matar, tampoco somos nadie para obligar a padecer. Que delicia, mi Guillo, como te saliste por la ventana de tus ojos, y escapaste con el viento de Agosto hacia el pueblo por la ventana de la casa, a jugar con las cometas, y dejar atrás el lastre material de tu cuerpo. Qué delicia, te amo y te felicito.

Y pienso en todos los otros enfermos del mundo. Y les mando mi amor a sus rincones de miseria, donde no hay quién les limpie el bigote, o la mierda, o los dientes. Donde reciben burlas y vejaciones sin tregua, olvidados por sus familias, amarrados en piezas o en ancianatos. Toda mi compasión, toda nuestra compasión para ellos… y a ustedes decirles que escuchen a sus enfermos. La dignidad de sus enfermos la establecen ellos, los enfermos, mientras puedan. La intensidad de su dolor sólo la conocen ellos. La generosidad de su risa, sólo ellos saben de dónde la sacan. Oigan y respeten a sus enfermos. El compromiso del amor es ser amor, más nada, es ser las manos del que no tiene manos, los pies del que no tiene pies, la cordura del que llegó a la locura, los ojos del ciego, la alegría del herido, del triste, del dolido. La muerte del agónico.

Ustedes que están a tiempo piensen cómo quieren vivir sus enfermedades, porque occidente, porque el sistema de salud está basado en el miedo, para que las mafias farmacéuticas puedan alimentar sus bolsillos con nuestro dolor. Hay mil caminos de curación, y cada casa puede ser un hospital de un sólo paciente. Consientan a sus enfermos que las pastillas sólo están para hacernos adictos a comprar pastillas. Mediten, tóquense. No se crean el mundo.

Ustedes que están a tiempo, hagan como nosotros que dejamos de tratar de que el otro fuera como nosotros quisiéramos, y nos aceptamos con todo lo que tenemos, porque el amor es aceptación, repito, y es en el prójimo, todo lo que le falta al otro. Nuestra familia dejó los juicios atrás… la moral atrás, porque como dijo Lao Tse, sólo un hombre inmoral pregunta por la moral. 

Acéptense. Cualquier día llega a recogerlos un Tsunami, un terremoto, una enfermedad, un meteorito. Estén listos para irse con ellos. Dejen de tratar de hacer de sus hijos una extensión de ustedes que los haga quedar bien en sociedad. Libérense de todas las presiones, del mito de que sólo el trabajo dignifica, cuando en realidad lo único que dignifica es el amor. Es la única escuela. No le crean a sus colegios que el único verdadero objetivo de la vida es la felicidad. Y la amargura es la raíz de todas las enfermedades. Quiéranse, relájense, celébrense. Nosotros ni en los peores momentos paramos de hacerlo. De arruncharnos, de reírnos, de molestar al otro. 

Quiero mencionar especialmente la fuerza de mi madre. Tuvimos hace pocas noches una hermosa reunión con sus 15 ayudantes, en donde me cuento, fue frente al fuego, y fue como un cambio de poder. Hermoso. Aunque mi mami ha gobernado siempre, ahora estaba ahí iluminadita de llamas, recibiendo nuestro amor, que ahora también es todo el que le teníamos a Guillo. Te entregaste hasta el último segundo, desde el primero de amor, no sólo de enfermedad. Eres la fuerza. Eres el alba. Eres la feminidad y la animalidad coordinadas con gracia en la belleza, en la risa, y en la fuerza. Te amamos y mandas, como siempre, pero ahora mucho más que siempre. Somos tus soldaditos, y estamos firmes al lado tuyo, para cuidar tu dolor y tu vida. 

Quiero mencionar a mi Tía Lu, la hermanita incansable, que ni siquiera se cansa de ver morir seres amados. Se va a su lado con la generosidad de siempre, a arriesgar su salud y su cordura, y la vida le regala a cambio tareas hermosas, de enamorar a niños de la vida, como trató de hacerlos con nuestro Guillo. Los niños que tiene sembrando flores en Boavita hasta en la trinchera de la policía, y los viejos que tiene como flores hermosas en una huertica del pueblo. Tía Lu. Eres la fuerza dulce y hermosa. Eres la frescura. Nos tenemos para siempre.

Quiero también que pasen al frente si quieren las siguientes personas: Fab, Tía Lu, Mona, Santi, Juan Alberto, Margarita, Yolanda, Édgar (su amigote íntimo de los meses de martiro, que no está hoy pero está), Mono, Gala, Martín, Maurito, Ramiro, Camilo, Consuelo, Gloria la gran Gloria, César si está, Yenny la súperenfermera y la hermosa y siempre buena Salsa. Si se me queda alguno perdonen. Esta gente, conmigo incluido, tocó a mi papá como un tesorito hermoso, como lo que era, con toda la dignidad y el amor. Pido un aplauso inmenso para este equipo, que fue maravilloso y noble con mi Guillo, que llegue también a Beatricitas, y músculos, y Odilias, y todo aquel que durante estos 14 años mermó su padecer.

A mi Guillo, le digo que sus ojitos hermosos nos los llevamos tatuados. Mi Guillo que fue justo con todos. Cuando buscábamos razones para su dolor, o para la dificultad de desprenderse y arrancar el viaje, tía Lu le preguntaba hace pocos días “Guillo… ¿pero es que usted tiene algún perdón pendiente, algo que no haya solucionado… algo que quiera arreglar, alguien por llamar?”. Se volteó con su miradita ensangrentada de insomnio, con sus ojos de niño herido rotos de tristeza diciéndole a mi tía “No hermana… si sumercé sabe que yo siempre he tratado de hacer el bien”. Mi Guillo. Con sus ojazos vivarachos, con su humor único, con su inteligencia poderosa, poderosísima, aguda, con su sentido de la estética, con su corazón inmenso, con su vozarrón, con su capacidad de cautivar, con el don del agrado, a todo el que conoció, de donde fuera, y como fuera, sólo trató de hacerle el bien. Así haya sido cierto tu descanso, que nadie se atreva a decirnos que lo mejor, así lo fuera, es que te fueras. Que nadie sabe lo huérfana que nos quedó la vida, pero que será para celebrarte… que muchos saben lo que es la orfandad, pero no lo que es ser huérfano de Guillo. El inmenso Guillo. 

Mi Guillo, generoso oso hermoso, león, bebé elefante, dulzurita herida, mi niño. Te damos un aplauso que te impulse al espacio, antes de oír otra de tus canciones. 

R.

(en la foto, Guillo)

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Calavero.